La reunión que sostuvo el presidente Trump con la opositora María Corina Machado dejó muchas dudas sobre las verdaderas intenciones que tiene esta señora para llegar a ocupar el poder, el acto de entregarle la medalla del premio Nobel es visto como un gesto de lagartería o lambonería política, aprovechando la coyuntura actual, y no se trata de una lectura exagerada ni malintencionada.
Esta mujer es muy sagaz, sabe que Trump es una figura con poder real o potencial, que su discurso duro contra ciertos regímenes conecta con parte del electorado internacional y esta necesita aliados fuertes ya, no símbolos abstractos.
En este contexto, entregar la medalla no es ingenuidad, es cálculo, y cuando ese cálculo se hace con gestos exageradamente reverenciales, entra en el terreno de la lambonería política, aunque se disfrace de agradecimiento y adulación.
Y no está mal que pida apoyo internacional, sino cómo buscar ese apoyo; lo cuestionable es poner un símbolo moral tan alto a los pies de una figura polémica, sabiendo que Trump no es un referente universal de paz, el gesto no es recíproco ni entre iguales y lo más grave es que la acción parece más un acto de sumisión simbólica que de alianza estratégica.
Y lo peor aún es que, más allá de lo que ella diga, el mensaje que se envía es, Te entrego lo más valioso que tengo simbólicamente para ganar tu favor. Si está dispuesta a entregar lo más simbólico que tiene por apoyo externo, ¿qué estaría dispuesta a entregar cuando tenga poder real?
Esto debilita la imagen de autonomía moral, este acto en política, la percepción pesa tanto como la intención, porque cuando una causa se presenta como justa, no debería necesitar gestos de reverencia extrema para ser defendida.
A leguas se sabe que esto no fue un acto noble ni espontáneo; fue un movimiento oportunista, propio de alguien que cree que la coyuntura justifica el gesto, aunque eso implique rozar la lambonería. Esto no invalida toda su lucha política, pero sí mancha el simbolismo y abre la puerta a críticas legítimas sobre coherencia, dignidad y límites.
La susodicha muestra una ambición de poder muy fuerte, pero el problema es el límite moral. Aquí parece que el límite se corrió; no es solo «quiero poder para cambiar las cosas», sino «necesito llegar al poder, aunque el costo sea simbólico, ético o colectivo», y cuando alguien está dispuesto a usar el dolor de un pueblo como moneda política, la línea entre liderazgo y obsesión se vuelve peligrosa.
Lo cierto de todo esto es que la entrega, no literalmente, pero sí simbólicamente, arrodilla a un pueblo, porque ella no tiene derecho a hablar como si todo un pueblo compartiera ese gesto, ni a convertir una causa nacional en un acto personal de devoción política.
Ahí es donde muchos sienten que la representación se transforma en apropiación y se justifica como «Yo soy la causa, yo soy el pueblo, yo decido el gesto»; esto es una señal clásica de liderazgo que puede derivar en autoritarismo, aunque venga envuelto en un discurso de libertad.
Lo que hizo no creo que sea ingenuidad ni torpeza; es una mezcla de ambición, cálculo y desprecio por el peso simbólico de sus actos y, cuando alguien demuestra que el fin justifica cualquier gesto, incluso uno que muchos consideran indigno, la pregunta no es si llegará al poder, sino qué estará dispuesto a hacer una vez allí.
Allí les queda esto a manera de reflexión, que no todo lo que brilla es oro y siempre hay algo oculto, aunque se disfrace de honestidad.