Hoy 8 de marzo de 2026 se llevan a cabo las votaciones para el Congreso de la República en Colombia, según datos de la Registraduría, se inscribieron 3.081 candidatos; estos aspiran a ocupar una curul en el Senado de la República o en la Cámara de Representantes, del total de inscritos, 1.071 buscan un escaño en el Senado y 2.010 en la Cámara de Representantes.
Para el Senado, de los 1.048 candidatos de la circunscripción nacional, 418 son mujeres y 630 son hombres.En la Cámara, sobre el total de 2.010 candidatos, 845 son mujeres y 1.165 son hombres.
Los colombianos que acudirán a las urnas tendrán la obligación de escoger a los de su predilección, no se puede decir que de toda esta sarta de inscritos haya alguien por quien votar, porque se sabe que estos, por conseguir el puesto, prometen esta vida y la otra, de aquí se podría decir que no hay con quién hacer un caldo y, si escoges, te daría una sopa nauseabunda y putrefacta.
Lo siguiente lo haremos en supuestos, por no ofender a personajes que se dicen ser pulcros, a lo largo de la historia de Colombia, se puede decir que todos los elegidos no cumplen lo que prometieron, otros se acomodan al sistema, unos terminan en escándalos.
Muchos venden sus votos por ayuda a conseguir empleo, un trámite, políticos tienen equipos grandes en barrios y municipios, líderes comunitarios que movilizan votantes, tienen toda la logística para llevar gente a votar
Estos personajes están faltos de valores éticos y morales, cuando esos valores son débiles en una sociedad, puede pasar que la corrupción se normalice, la gente desconfía de las instituciones y cada quien busca resolver por su lado.
Cuando estos bellacos actúan, así como lo han venido haciendo, no solo se corrompen ellos, sino que la sociedad adopta modelos negativos, se normaliza la corrupción o el abuso y se debilita la confianza entre ciudadanos.
El panorama político actual de Colombia, muchos candidatos vuelven al Congreso a presentarse ante los ciudadanos pese a que el país ha vivido años marcados por escándalos de corrupción, clientelismo y promesas incumplidas. Por décadas, la clase política ha sido señalada por utilizar el poder para favorecer intereses personales o de grupos, mientras problemas que aquejan al país galopan como la desigualdad, la inseguridad y la falta de oportunidades que siguen afectando a millones de colombianos.
Se podría decir que, para los ciudadanos, estas candidaturas representan la continuidad de prácticas que han debilitado la confianza en las instituciones y en la verdadera representación del pueblo, hundiendo más al país en la miseria.
De nuevo aparecen los mismos de siempre pidiendo el voto para el Congreso de la República, la gran mayoría de ellos llegan con discursos bonitos y promesas nuevas, pero bajo sus espaldas cargan años de corrupción, clientelismo, favores políticos y decisiones que han frenado el progreso del país.
Mientras millones de colombianos luchan por salir adelante, y al menos sobrevivir, la gran parte de la clase política ha usado el poder para beneficiarse a sí mismos y a sus círculos cercanos.
A Colombia le hace falta una persona con temple de acero, el país no necesita más promesas vacías ni más políticos que solo aparecen en campaña. El país necesita memoria, responsabilidad, sentido de pertenencia y, lo más importante, amor por el país, ciudadanos que cuestionen a quienes durante años han fallado en representar verdaderamente al pueblo.
Vuelve la mula al trigo, estos malnacidos aparecen en cada periodo electoral, vuelven con su horda de mentiras y falacias de cambio, progreso y renovación, y resultan con escándalos de corrupción, promesas que nunca se materializan y decisiones que muchas veces parecen alejadas de las necesidades reales de la población.
Durante años, estos zánganos han deteriorado la confianza de los ciudadanos en las instituciones y en quienes se dicen representarlos. Mientras tanto, millones de personas se debaten y luchan para poder seguir adelante, enfrentando dificultades relacionadas con el empleo, la seguridad, el acceso a servicios y las oportunidades de desarrollo.
Más allá de los discursos de campaña, las elecciones también son un momento para reflexionar sobre la responsabilidad de quienes aspiran a ocupar cargos públicos, esto es como pedir peras al olmo, y sobre la importancia de la memoria política de los votantes, que no se dejen comprar sus conciencias. La democracia no solo se fortalece con la participación, sino también con ciudadanos informados, críticos y capaces de exigir transparencia, coherencia y resultados a quienes buscan gobernar.
En última instancia, el verdadero cambio no depende únicamente de las promesas de los candidatos, sino de la capacidad de la sociedad para evaluar su trayectoria, cuestionar sus decisiones y recordar que el poder público existe para servir al país, no para servirse de él.
Lo cierto de todo esto es que todos estos pulcrísimos individuos llegan con sed de poder para seguir llevando al país al caos, miseria y pobreza, mientras estas sanguijuelas desangran al pueblo.