Irán, donde están los pinches grupos feministas

Irán atraviesa un momento de alta tensión política y social, resultado de un profundo malestar acumulado en distintos sectores de la población. Se han registrado movilizaciones ciudadanas en varias ciudades del país mientras el Estado mantiene un fuerte control del orden público y de las comunicaciones

En los últimos días, las mujeres se han convertido en el principal rostro de las protestas que atraviesan Irán. En distintas ciudades, grupos de mujeres han salido al espacio público para manifestar su rechazo a las restricciones sociales, políticas y legales que condicionan sus vidas, desafiando un sistema que históricamente ha limitado su participación y autonomía.

Las movilizaciones, protagonizadas en gran parte por mujeres jóvenes, se expresan a través de concentraciones, consignas y actos simbólicos que cuestionan normas impuestas sobre el cuerpo, la vestimenta y el comportamiento femenino. Estas acciones, aunque diversas en forma y alcance, comparten una demanda central: el derecho a decidir y a vivir sin coerción.

La respuesta del Estado ha sido inmediata y visible. La presencia de fuerzas de seguridad se ha intensificado y el control del espacio público se ha endurecido, en un intento por contener las manifestaciones. Aun así, las protestas continúan, marcadas por una fuerte carga simbólica y una determinación que trasciende el temor a la represión.

El impacto de estas movilizaciones ha cruzado fronteras y brilla por su ausencia un respaldo firme y sostenido del feminismo internacional a las mujeres que protestan en Irán; no puede seguir siendo justificada. Cuando un movimiento que se proclama universal decide callar frente a la opresión extrema, ese silencio se convierte en una forma de violencia política.

Mientras mujeres en Irán se juegan la vida por derechos básicos, decidir sobre su cuerpo, su vestimenta y su libertad, gran parte del feminismo internacional, por no decir todo, guarda silencio. No un silencio ingenuo, sino uno cargado de cálculo político, comodidad y contradicciones.

La lucha de las mujeres iraníes no ocurre en aulas universitarias ni en foros patrocinados. Ocurre en la calle, frente a fuerzas armadas, en contextos donde protestar implica cárcel, tortura o muerte. Tal vez por eso incomoda, porque obliga a recordar que el feminismo nació como una lucha peligrosa, no como una identidad respetable.

En el mundo el movimiento feminista se ha institucionalizado, vive entre subvenciones, cargos, congresos y consensos. Desde ahí, criticar a un régimen como el iraní implica riesgos simbólicos, el resultado es una paradoja difícil de justificar, se denuncia con fuerza la opresión cuando es cercana y culturalmente familiar, pero se relativiza cuando afecta a mujeres que viven bajo sistemas no occidentales. En nombre del respeto cultural, se termina aceptando la negación de derechos humanos fundamentales.

Esas mujeres que luchan por sus derechos son las verdaderas feministas, y estas no encajan en un feminismo cómodo, sino en uno que vuelve a ser lo que siempre fue, una amenaza para el poder, las mujeres iraníes no necesitan discursos abstractos, necesitan coherencia, y su lucha expone, hoy más que nunca, las grietas del feminismo global. Las mujeres iraníes no luchan por símbolos ni por debates semánticos. Luchan por no ser golpeadas, encarceladas o asesinadas. Y su lucha deja en evidencia una verdad incómoda, el feminismo global prefiere conservar privilegios antes que defender a mujeres cuando hacerlo implica riesgo. El feminismo que calla ante Irán no es neutral. Es cómplice.