Comienza la era del felino, medio país tiene que tragarse ese sapo

Comienza la era del felino, medio país tiene que tragarse ese sapo 1
geoinnova.org

Colombia vive hoy una jornada histórica en la Arena de la Universidad Santiago de Cali, la Usaca, con la posesión de Abelardo de la Espriella como presidente de la República para el período constitucional 2026–2030. La ceremonia marca el inicio de un nuevo gobierno y reúne a autoridades nacionales, delegaciones internacionales y representantes de distintos sectores del país.

Colombia inicia una nueva etapa política después de una elección que dejó una realidad evidente: el país está dividido. La diferencia estrecha en las urnas demostró que no existe una Colombia con una sola visión de futuro, sino una nación donde millones de ciudadanos tienen expectativas, preocupaciones y sueños diferentes.

Para quienes apoyaron al presidente electo, este momento representa la llegada de un cambio esperado durante años. Para quienes no compartieron esa opción, comienza una etapa de incertidumbre y de adaptación a una realidad política que no era la que deseaban. Como se dice en el lenguaje popular, a medio país le toca tragarse ese sapo: aceptar que la democracia tiene resultados que a veces alegran a unos y decepcionan profundamente a otros.

Pero una democracia madura exige algo más que celebrar cuando se gana y protestar cuando se pierde. Exige reconocer que quienes no votaron por el ganador también hacen parte del país y que sus preocupaciones merecen ser escuchadas.

El nuevo presidente tiene ahora una responsabilidad enorme. Una victoria electoral otorga el derecho constitucional de gobernar, pero también impone el deber de escuchar a quienes no estuvieron de acuerdo. El país no necesita un gobierno que administre solamente para sus seguidores; necesita un liderazgo capaz de unir a quienes hoy están separados por diferencias políticas.

De igual manera, quienes perdieron una elección tienen la responsabilidad de ejercer una oposición seria, defender sus ideas y vigilar al Gobierno, pero entendiendo que la democracia no se construye esperando el fracaso del otro, sino exigiendo resultados que beneficien a todos.

Colombia no puede quedarse atrapada en la celebración permanente de unos y la indignación permanente de otros. Un país donde la mitad espera que la otra mitad fracase está condenado a repetir sus divisiones.

El verdadero triunfo no será de un partido, de un sector político o de quienes hoy levantan la bandera de la victoria. El verdadero triunfo será cuando un colombiano pueda reconocer los aciertos de un gobierno, aunque no lo haya elegido, y cuando pueda criticar sus errores sin importar sus simpatías políticas.

En este nuevo escenario también aparece un debate importante sobre el papel de los medios de comunicación. Algunos ciudadanos sienten que ciertos sectores de la prensa recibieron con entusiasmo el cambio político y que dejaron de lado una mirada crítica frente a los desafíos que enfrenta el país. Desde esa percepción nace la expresión de una “prensa arrodillada”, utilizada por quienes consideran que algunos medios han perdido independencia frente al poder o frente a sus propias preferencias políticas.

Sin embargo, el verdadero reto del periodismo no debería ser apoyar ni combatir gobiernos. Su papel fundamental es cuestionar, investigar, informar y mantener la misma exigencia con todos los sectores políticos. Una prensa que aplaude todo lo que hace un gobierno pierde credibilidad; una prensa que critica todo por principio también pierde autoridad. La sociedad necesita periodistas que incomoden al poder, sin importar quién esté sentado en la Casa de Nariño.

La democracia necesita una prensa que no sea complaciente con el poder, pero tampoco una prensa que convierta toda acción gubernamental en motivo de confrontación. Necesita periodistas capaces de reconocer aciertos, señalar errores y defender el interés ciudadano por encima de cualquier simpatía política.

Hoy comienza un nuevo gobierno. La historia no lo juzgará únicamente por quienes lo apoyaron en las urnas, sino por su capacidad de gobernar para todos los colombianos. Porque después de una elección no debería existir una Colombia vencedora y otra derrotada: debería existir una sola Colombia con el compromiso de construir un futuro común.

La justicia se alimenta del delito. Allí va don Quijote con su fiel lacayo De la Rosa, abriendo esa bocota y lanzando toda clase de improperios contra sus semejantes. Aun siendo tan estudiados, y con ínfulas de salir de cunas de oro con títulos en las universidades más caras del mundo, su lenguaje vulgar y soez es reluciente. Como decían los viejos: con tanto estudio y son más brutos que las patas que los cargan. Y es que la inteligencia y el honor no se compran; vienen intrínsecos en las personas que nacen con esos dones desde la cuna. Podrán tener los mejores títulos y estar tapados con todo el oro del mundo, pero la esencia no se improvisa ni se adquiere: esa nace con la persona.

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